Imagen tomada de Reporteros Asociados del Mundo
La encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV no solo plantea una reflexión sobre la inteligencia artificial y el futuro de la humanidad, sino que también sorprende por la diversidad de referencias culturales, filosóficas y artísticas que reúne en sus páginas. Desde una santa antioqueña hasta obras icónicas de la literatura y el cine, el documento construye un mensaje amplio sobre la dignidad humana.
Uno de los nombres que más ha llamado la atención en Colombia es el de Santa Laura Montoya, incluida junto a mujeres que han marcado la historia por su labor social y educativa. Su mención resalta su trabajo con comunidades indígenas y su visión profundamente humana, en línea con el mensaje central del texto.
Pero la encíclica va más allá del ámbito religioso. Entre sus citas aparece una frase atribuida a El Señor de los Anillos, del escritor británico J.R.R. Tolkien, que alude a la responsabilidad individual en tiempos complejos. Esta inclusión resulta poco habitual en documentos pontificios y evidencia una intención de conectar con referentes contemporáneos. «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir», dice la cita de León.
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El texto también hace guiños al arte universal. Se menciona el Guernica de Pablo Picasso como símbolo de denuncia frente a la violencia, y la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven como una expresión de fraternidad y esperanza. Ambas obras son utilizadas para reforzar la idea de que el arte puede ser una herramienta para preservar la memoria y promover valores humanos.

En el cine, una de las referencias destacadas es La lista de Schindler, evocada como un recordatorio de la importancia de no olvidar los episodios más oscuros de la historia. A través de este ejemplo, el documento insiste en la necesidad de mantener viva la memoria colectiva frente a los riesgos de deshumanización.
La encíclica también incorpora voces del pensamiento crítico. Filósofos como Hannah Arendt son citados para advertir sobre los peligros de confundir la verdad con la ficción, mientras que Viktor Frankl es mencionado para reflexionar sobre la capacidad humana de encontrar sentido incluso en las circunstancias más adversas.
Este conjunto de referencias configura un texto poco convencional dentro del Vaticano. Más que un documento estrictamente doctrinal, Magnifica Humanitas se presenta como una reflexión interdisciplinaria que conecta la fe con la cultura, el arte y la historia.
Así, entre literatura fantástica, memoria histórica y figuras como Santa Laura Montoya, la encíclica propone una idea clara: en medio del avance tecnológico, la humanidad no puede perder de vista lo esencial —la dignidad, la memoria y el valor de cada persona.
A continuación algunas de las frases más inspiradoras, según Aciprensa, del Papa León XIV en su primera encíclica, Magnifica humanitas:
- En un mundo donde pocos sujetos concentran datos, capital informático y capacidad normativa, hablar de bien común significa desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y política, nombrando los nuevos monopolios de la IA.
- Evitemos, por tanto, el “síndrome de Babel”: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos.
- Puede haber usos evidentemente antihumanos, como la manipulación de la información o la violación de la privacidad, pero puede haber también un engaño menos evidente, cuando los sistemas de IA, presentándose como neutrales y objetivos, reflejan y refuerzan estereotipos o posiciones ideológicas de quienes los han diseñado y programado.
- La inteligencia creativa del ser humano es un don que puede aliviar sufrimientos y abrir nuevas posibilidades, pero debe permanecer ordenada al bien común, a la justicia, al cuidado de los frágiles y de la creación. En este sentido, la verdadera alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos modos de construir: un progreso que sirve a la persona y a los pueblos, o un progreso que los doblega a lógicas de poder.
- El riesgo no es sólo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo.
- El punto crítico, a la luz de la Doctrina social de la Iglesia, no es el uso de la técnica en cuanto tal, sino la visión que allí subyace; si el ser humano es tratado como materia para ser perfeccionada o superada, entonces se vuelve más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie.
- Más aún, en la era de la IA y de la robótica, ya no es posible confiar únicamente en la “mano invisible” del mercado: la política tiene la tarea de orientar las dinámicas económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación.
- El juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona. Por eso no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o, en cualquier caso, irreversibles. No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable.
- En este clima, el nihilismo y el pragmatismo terminan entrelazándose y normalizando errores gravísimos: los extremismos religiosos y los fanatismos identitarios se alían con un economicismo irracional, mientras que la política recurre con facilidad a la desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos.
- Si no estamos atentos, puede surgir un sistema educativo carente de amor por la verdad, en el que el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de la investigación, la reflexión y el discernimiento. Se multiplican los conocimientos fragmentarios, pero se hace más difícil captar la realidad en su conjunto, plantear preguntas sobre el sentido de las cosas y desarrollar un auténtico pensamiento crítico y creativo.


