Del desplazamiento al arraigo: tres comunidades de Antioquia renacen con los planes de retorno
Durante años, las montañas del Oriente antioqueño guardaron el eco del miedo: veredas vacías, casas cerradas, cultivos abandonados y caminos donde solo quedaron las huellas del desplazamiento forzado.
Hoy, esas mismas montañas vuelven a escuchar risas de niños, motores de pequeñas herramientas agrícolas y el bullicio de las comunidades que regresaron para reconstruir, desde la raíz, la vida que la guerra les arrebató.
Alejandría, La Unión y Jericó son ahora escenario de una transformación profunda: la implementación total de tres planes de retorno y reubicación en Antioquia, un proceso que, con más de $1.000 millones de inversión, devolvió esperanza, oportunidades y arraigo a centenares de familias campesinas.
El regreso a La Pava, Las Playas y Mesopotamia: donde el cultivo venció al miedo
Quienes vuelven hoy a La Pava (Alejandría), Las Playas (Jericó) y Mesopotamia (La Unión) no solo regresan a un territorio: regresan a una historia que se negaron a abandonar.
En estas veredas, donde antes hubo masacres, homicidios, desapariciones y desplazamientos masivos, ahora se levantan nuevos cultivos de café, fríjol, maíz, hortalizas y frutales, junto a proyectos productivos avícolas, ganaderos y de autoconsumo.
Las escuelas tienen mobiliario nuevo, los centros de salud cuentan con dotación y personal permanente, las casetas comunales volvieron a ser punto de encuentro, y placas huella reemplazaron las trochas imposibles de transitar en invierno. La vida, literalmente, volvió a abrir camino.

“Volver fue como empezar de cero”: la voz del resurgimiento
Luis Arcadio Pamplona, líder de La Pava, es testigo y protagonista de esta reconstrucción. Su testimonio resume el dolor del pasado y la esperanza del retorno:
“Se culminó este plan que nos benefició con proyectos productivos, la pavimentación de la vía y herramientas para sostenernos. Esto nos ayuda a arraigarnos, a no abandonar el campo, a no abandonar nuestra tierra.”
Luego baja la mirada mientras recuerda:
“El conflicto aquí fue muy duro. Hubo asesinatos, reclutamientos, hasta desminado tuvieron que hacer para que pudiéramos volver. Mi finca estuvo 16 años abandonada. Recuperarla fue empezar desde cero.”
El silencio que sigue es el mismo que acompaña a cientos de familias que hoy intentan sanar tras años de violencia.
Del abandono a comunidades vivas: escuelas, cultivos y memoria
En Mesopotamia (La Unión), la reparación incluyó el fortalecimiento del centro de salud, ayudas para más de 150 familias con el programa Familias en su Tierra, insumos agrícolas y acompañamiento a procesos de restitución de tierras.
En Las Playas (Jericó), las huertas comunitarias, los proyectos avícolas y el mejoramiento de viviendas y vías han devuelto seguridad alimentaria y estabilidad económica.
Y en las tres comunidades, la estrategia psicosocial Tejiéndonos tejió algo que no se ve, pero que sostiene: la sanación emocional.
Los talleres fueron un espacio para llorar juntos, recordar a los que ya no están y reconstruir la confianza en sí mismos y en el territorio.
“También necesitábamos sanar el sufrimiento y hacer duelo por nuestros familiares desaparecidos o asesinados. Eso no se arregla solo con cemento o herramientas”, expresaron varios participantes.

La reparación avanza: ocho planes completados en Antioquia
La directora de la Unidad de Víctimas en Antioquia, Maribel de la Valvanera López Zuluaga, destacó que estos tres cierres representan un avance histórico:
“Estas comunidades superan la vulnerabilidad que dejó el conflicto armado. Hoy son más autónomas y resilientes. La inversión conjunta supera los $1.000 millones.”
Este año también avanzaron proyectos en municipios como Sonsón, Cocorná, San Francisco, Argelia, Carmen de Viboral, San Carlos, San Vicente Ferrer, Dabeiba, Nariño y Montebello.
En total, ocho planes de retorno ya están completamente implementados en territorios como El Peñol, Carolina del Príncipe y San Roque.
El cierre del plan en La Pava no fue una ceremonia protocolaria, sino una fiesta campesina:
un sancocho comunitario, música, sonrisas y una caseta comunal renovada que ahora es símbolo de lo que fueron capaces de reconstruir.
Lo que para otros es un almuerzo, para ellos es la prueba de que la comunidad volvió a ser comunidad. Allí, donde antes hubo miedo, hoy hay futuro.
La crónica de estos tres territorios es la historia de un regreso que parecía imposible. Años después del desplazamiento, las familias regresaron no solo a sembrar la tierra, sino a sembrarse ellas mismas en ella.
En Antioquia, el arraigo vuelve a crecer. Y esta vez, crece para quedarse.



