En el marco del Día del Idioma, desde Entre Ceja y Ceja volvemos en esta fecha la mirada a una de sus figuras más representativas: Gregorio Gutiérrez González, cuya obra sigue ligada a la identidad, la tierra y la cultura de la región.
Nacido el 9 de mayo de 1826 en La Ceja, y profundamente vinculado a Sonsón, el escritor es recordado como una de las voces más auténticas de la literatura colombiana del siglo XIX. Su vida y su obra reflejan una conexión directa con el paisaje antioqueño, sus tradiciones y su gente.
La poesía que nace de lo propio
A diferencia de otros autores de su tiempo, Gutiérrez González no buscó inspiración en lo lejano ni en escenarios exóticos. Su mirada se centró en lo cercano: la vida campesina, los paisajes de su entorno y las tradiciones de su pueblo.
De allí surge su obra más reconocida, Memoria científica sobre el cultivo del maíz en Antioquia, un texto que, pese a su título técnico, es considerado una pieza poética de gran valor. En ella, el maíz —alimento fundamental y símbolo económico de la región— se transforma en el eje de una reflexión literaria que mezcla conocimiento, identidad y sensibilidad.
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A estos elementos se suman otros temas recurrentes en su obra, como el amor sereno representado en su esposa Juliana Isaza, y la presencia constante de la naturaleza, en especial el río Aures, un referente cercano en su vida.
Entre leyes y letras
Hijo de José Ignacio Gutiérrez y Arango e Inés González y Villegas, Gregorio Gutiérrez González recibió su educación en Antioquia y posteriormente en Bogotá, donde estudió filosofía y derecho.
En 1847 obtuvo el título de abogado y fue admitido en el colegio de abogados. Sin embargo, más allá de su formación jurídica, su legado se consolidó en el campo literario, donde logró construir una obra que trascendió su tiempo.
Su vida familiar también fue significativa: se casó con Juliana Isaza Ruiz, con quien tuvo varios hijos, en un entorno marcado por las dinámicas sociales y culturales de la época.
La casa que guarda su memoria
En su tierra natal, La Ceja, aún se conserva la casa donde vivió, declarada monumento histórico. La vivienda, de gran tamaño, fue en su momento un espacio que albergó tanto a la familia como a trabajadores de la finca que la rodeaba.

Hoy, aunque está desocupada, mantiene su estructura original y se conserva como un lugar de memoria. En su interior reposan muebles y objetos acumulados con el paso de los años, lo que dificulta identificar con precisión cuáles pertenecieron al poeta, pero refuerza la idea de un espacio detenido en el tiempo.
La casa puede visitarse mediante cita previa, convirtiéndose en un punto de interés para quienes buscan acercarse a la historia cultural de la región.
Un legado olvidado
Gregorio Gutiérrez González falleció en 1873, pero su obra continúa siendo referente en la academia que estudia la literatura colombiana por su capacidad para convertir lo cotidiano en poesía le otorgó reconocimiento más allá del ámbito local, alcanzando presencia en estudios y recopilaciones literarias. Sin embargo, a pesar de sus grandes aportes para la poesía del siglo XIX, en su municipio natal y adoptivo su nombre casi que pasa desapercibido por falta de la divulgación de su obra y apropiación de la misma por parte de la comunidad, algo que debe ser inculcado desde las escuelas.
Su figura representa una manera de entender la literatura desde lo propio, desde lo cercano y desde la relación directa con el territorio.

En un contexto donde el lenguaje evoluciona constantemente, su obra permanece como testimonio de que la riqueza del idioma también se construye desde lo simple: una semilla, un río, un paisaje o una historia de amor.
Aquí uno de sus poemas:
UN PASEO EN ABEJORRAL
Su mano diestra en mi mano,
Mi siniestra en su cintura,
Su brazo izquierdo en mi cuello,
Triste yo, llorosa Julia,
Largo rato caminamos
Sobre la grama menuda
Siempre limpia y siempre verde
Que la población circunda.
-Vamos allí, al cementerio,
Dijo mostrando en la altura
Paredes que blanqueaban
Entre la niebla confusas.
-Está muy lejos. –No importa.
-Te hará daño. –Con tu ayuda
Y apoyándome en t u brazo
No hay senda larga ninguna.
-Vamos; pero… al cementerio…
No puede ser. -¿Por qué dudas?
Es que quiero dirigirme
A donde se halla la tumba
Donde descansan los restos
De nuestra hija. –Ninguna
Señal mandé que pusiesen
En su humilde sepultura.
Quiero olvidar los pesares
Si me olvida la ventura.
¿Para qué tener presentes
Fechas, nombres, sepulturas
Que el amargor de la vida
Su amargor cáustico juntan?
¿Para qué dejar señales
Que nuestras penas anuncian,
Si éstas su sello de plomo
Grabando van una a una?
El corazón y la frente
Son buenos testigos, Julia,
Pues llevan talladas siempre
Heridas él y ella arrugas.
Cabellos en relicarios,
Ceniza guardada en urnas,
Cruces en los cementerios,
Son vanidades, locura.
-No me digas esas cosas;
Vamos andando, y procura
Tener presente su imagen,
Y aquella suprema angustia
De la niña que al ser ángel
Nos dejó; no olvides nunca
Sus bellos ojos, tan bellos,
Que alivio en su madre buscan,
Y que no encontrando alivio,
En sus órbitas se ocultan;
Ni su quejido doliente,
Ni las manitas que cruza
Cayendo desfallecidas,
Sin hallar fuerza ninguna;
Ni su aliento que se apaga,
Ni su estertor. –Oye, Julia:
Yo he mentido al decir que no se puso
Una señal para fijar mejor
Los restos de la niña que al ser ángel
Sobre la tierra nos dejó a los dos.
¿Ves un ciprés que empieza a levantarse
Allí, en ese recinto funeral?
Ese marca el sepulcro en donde se halla
Esa hija que vienes a buscar.
¿No temes tú manosear los filos
Que te ofrece, acerados, el dolor?
Gastarlos puedes o romper con ellos
Las manos, y después el corazón.
Yo no quiero que a una ave casi implume
Corten alas si un vuelo no ensayó:
¿Por qué, ya que la arrojan a la vida,
No la dejan gozar aire mejor?
A esa tumba yo diera el alma mía
Y la sangre mejor del corazón
Si el polvo que ella guarda se animara,
Si reviviera la marchita flor.
Quisiera que un escudo impenetrable
Se interpusiera entre el dolor y yo…
Mas si quieres sufrir, sufre y…te guardo;
Aquel es el ciprés; yo allá no voy.
_¡Oh! Yo tampoco iré, mas no blasfemes
Es preciso tener resignación,
Que el dolor que sufrimos en la tierra
En su bondad lo santifica Dios.
Has como yo, inclina la cabeza
Y dobla la rodilla como yo,
Y repite en el fondo de tu alma:
Bendito y alabado sea el Señor.
1853.


